Cómo revitalizar una marca familiar que lleva tiempo estancada

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Hay empresas que han cambiado mucho sin que su imagen haya cambiado con ellas. Empezaron con un local, un teléfono fijo y unas tarjetas de visita; después llegaron la página web, las redes sociales, los catálogos digitales y nuevos servicios. El negocio siguió creciendo, pero cada etapa fue dejando algo detrás: un logo antiguo en la fachada, unos colores en la web, otro diseño en Instagram y un catálogo que parece pertenecer a otra época.

Se nota cuando un posible cliente busca la empresa en internet y encuentra una imagen poco cuidada, cuando la web no explica bien todo lo que ofrece o cuando cuesta distinguirla de otros negocios del mismo sector. Mientras tanto, los clientes de siempre siguen llegando porque conocen la empresa y saben cómo trabaja. Ahí puede aparecer la sensación de que la marca está estancada, aunque el negocio no lo esté.

Ante esta situación, cambiar el logo suele ser lo primero que se plantea. Pero el logo puede no ser el verdadero problema. Quizá haya que ordenar la identidad, actualizar algunos elementos o conseguir que todos los soportes hablen el mismo idioma. En otros casos sí será necesario replantear la marca con más profundidad.

Antes de diseñar nada, es imprescindible mirar qué ha pasado durante esos años y qué imagen está transmitiendo hoy la empresa. Una marca familiar no tiene por qué parecer recién creada para resultar actual. Puede conservar aquello que sus clientes reconocen y, al mismo tiempo, corregir todo lo que hace que parezca más antigua de lo que realmente es.

¿Por qué las marcas familiares se estancan?

Las marcas familiares tienen una paradoja característica: su mayor fortaleza es también su mayor vulnerabilidad. La historia, la tradición, el conocimiento acumulado, los valores que se transmiten de generación en generación son activos extraordinarios que pocas marcas construidas desde cero pueden replicar. Pero esa misma continuidad puede convertirse en inercia cuando el entorno cambia más rápido de lo que la marca es capaz de adaptarse. El estancamiento de una marca familiar raramente ocurre por un único motivo. Suele ser la acumulación de varias dinámicas que se refuerzan entre sí:

La invisibilidad acumulada. El negocio lleva décadas funcionando bien, los clientes de siempre siguen viniendo, y nadie ha sentido urgencia de explicar quiénes son o qué los hace diferentes. La comunicación se ha reducido al mínimo porque «todos ya nos conocen». El problema es que esos clientes de siempre envejecen, y los nuevos clientes potenciales, que no tienen esa historia previa, no encuentran razones claras para elegir esta marca frente a la competencia.

La fragmentación de la identidad. En los negocios que han crecido de manera orgánica a lo largo de los años, la comunicación frecuentemente ha evolucionado sin un criterio claro: un logo diseñado hace veinte años, una web actualizada hace cinco con un estilo diferente, unas redes sociales que llevan un par de años con otro tono, unos materiales impresos que tienen su propio mundo. El cliente que contacta con la marca en diferentes puntos tiene la sensación de que son casi la misma empresa, pero no exactamente.

Dificultad para articular el valor. Muchas empresas familiares hacen cosas extraordinariamente bien, pero tienen serias dificultades para explicarlo de manera que resuene con quien no las conoce. «Somos una empresa familiar con cuarenta años de experiencia» es verdad, pero no es un argumento de valor: es una descripción. Lo que les falta es la traducción de esa experiencia en beneficios concretos para el cliente.

Tensión entre la identidad heredada y la visión nueva. La segunda o tercera generación que toma las riendas del negocio familiar frecuentemente tiene ideas sobre cómo debería evolucionar la marca que chocan con el legado construido por los fundadores. Sin un proceso claro de definición de qué se mantiene, qué evoluciona y qué se abandona, el resultado puede ser una marca que no termina de ser ninguna de las dos cosas.

El diagnóstico antes del cambio

Los profesionales de Esmero Creativo, señalan algo que resulta especialmente relevante para las empresas familiares en proceso de revitalización: no todas las marcas necesitan empezar de cero. Algunas necesitan detectar qué falla. Otras, construir un sistema sólido. Y otras mantener coherencia mientras crecen. Esa distinción, que implica actuar sobre el problema real, es infinitamente más eficaz que aplicar la solución que parece más obvia o más emocionante.

El diagnóstico de una marca estancada tiene que cubrir varios frentes simultáneamente.

Qué dicen los clientes actuales. Los clientes que llevan años con la empresa tienen una perspectiva que los propietarios raramente conocen en toda su profundidad. Por qué eligieron esta empresa en primer lugar. Por qué siguen. ¿Qué valorarían que cambiara. ¿Qué les dicen a otros cuando la recomiendan? Esas conversaciones, cuando se hacen bien y con escucha genuina, revelan activos de la marca que los propietarios dan por supuestos y que, sin embargo, son determinantes para la decisión de compra.

¿Por qué no llegan los clientes nuevos? Analizar el proceso por el que un cliente potencial que no conoce la empresa la descubre, la evalúa y decide si contacta o no, es un ejercicio que frecuentemente revela problemas muy concretos y muy accionables. Una web que no aparece en los resultados de búsqueda relevantes. Un perfil de redes sociales que no refleja la calidad del trabajo. Una propuesta de valor que no está articulada de manera clara para quien no tiene referencias previas. Un proceso de contacto que genera fricción. Cada uno de esos problemas tiene solución, y son problemas diferentes que requieren soluciones diferentes.

¿Qué está haciendo la competencia? No para copiarlo, sino para entender el contexto en que la marca tiene que posicionarse. Si la competencia ha modernizado su comunicación y la marca familiar sigue con los mismos materiales de hace diez años, la percepción de quién es más profesional está sesgada hacia la competencia, independientemente de la calidad real del trabajo.

Qué es coherente y qué no. Revisar todos los puntos de contacto de la marca, logo, web, redes sociales, materiales físicos, packaging si lo hay, señalética, manera en que el teléfono contesta, firma de email. Con los ojos de alguien que la ve por primera vez, revela inconsistencias que desde dentro son invisibles, pero que desde fuera generan una sensación difusa de falta de profesionalidad.

Valorando lo que se puede preservar y lo que no

Una de las decisiones más delicadas en la revitalización de una marca familiar es qué se mantiene y qué se transforma. Y la respuesta no es siempre intuitiva.

Los activos de una marca familiar que merecen preservarse son los que tienen valor real para el cliente, no solo valor sentimental para la familia. La historia genuina que diferencia de cualquier competidor sin esa trayectoria. Los valores que se han demostrado de manera consistente a lo largo del tiempo y que no son declaraciones vacías, sino compromisos que el cliente ha podido verificar. Las relaciones de confianza construidas durante años. El conocimiento especializado acumulado. Todo eso es oro que pocos competidores pueden replicar y que la revitalización debe poner en valor, no borrar.

Lo que generalmente sí hay que transformar es la manera en que esos activos se comunican. Un logo diseñado en los años noventa con las herramientas de los años noventa puede modernizarse sin perder los elementos que lo hacen reconocible para los clientes de siempre. Una web construida sin criterio de experiencia de usuario puede rehacerse con toda la información relevante organizada de manera que quien llega por primera vez encuentre lo que busca en segundos. El tono de comunicación puede actualizarse sin perder la autenticidad que caracteriza a la empresa familiar.

El relevo generacional es frecuentemente el momento en que estas decisiones se toman, y es también el momento más delicado para tomarlas bien. La segunda generación que quiere modernizar y la primera que quiere preservar raramente tienen el mismo mapa de qué es esencial y qué es accidental en la identidad de la empresa. Hacer ese ejercicio de manera explícita, con criterios claros y con la perspectiva de alguien externo que no tiene posición en el conflicto, es una de las inversiones más valiosas que puede hacer una empresa familiar en ese momento de transición.

La coherencia como primer objetivo

Antes de pensar en grandes campañas o en cambios radicales de imagen, el primer objetivo de cualquier revitalización de marca debería ser la coherencia. Que la marca cuente la misma historia en todos los puntos donde el cliente la encuentra. Que el tono sea reconocible. Que los valores que se declaran sean visibles en cada interacción.

La coherencia de marca no es un lujo estético. Tiene consecuencias directas sobre la confianza que genera en quien no conoce la empresa. Un cliente potencial que ve el logo en un directorio del sector, luego busca la web, luego encuentra el perfil de Instagram y tiene la sensación de que todo pertenece al mismo universo, toma una decisión de contacto con más facilidad que quien tiene que reconciliar tres identidades visuales y tres tonos de comunicación diferentes.

Alcanzar esa coherencia no siempre requiere grandes inversiones. En muchos casos, basta con definir con claridad un manual de identidad sencillo que establezca los colores, las tipografías, el tono de comunicación y los mensajes principales, y aplicarlo de manera consistente a partir de ese momento en todos los materiales nuevos que se produzcan. Es un proceso que puede hacerse de manera progresiva sin requerir un cambio radical simultáneo de todo.

La propuesta de valor: de descripción a argumento

Uno de los cambios más transformadores que puede hacer una marca familiar estancada es pasar de describirse a argumentar. De «somos una empresa familiar con cuarenta años de experiencia en el sector del mueble» a «Nuestros cuarenta años fabricando muebles a medida significan que hemos resuelto exactamente los mismos problemas de espacio que tú tienes, y sabemos que la solución no es la misma para cada casa».

La propuesta de valor no es lo que la empresa hace. Es lo que la empresa hace por el cliente. Y en las marcas familiares, esa traducción frecuentemente no se ha hecho de manera explícita porque los clientes de siempre ya la entienden sin que se les explique.

El ejercicio de articular la propuesta de valor de manera que sea comprensible para alguien que no conoce la empresa pasa por responder con honestidad a unas pocas preguntas concretas. ¿Qué problema resuelve esta empresa que otros no resuelven igual? ¿Qué es lo que los clientes más satisfechos valoran y que raramente encuentran en la competencia? ¿Qué hace esta empresa que nadie más podría hacer de la misma manera por la historia, el conocimiento o los valores que tiene?

Las respuestas a esas preguntas son el material de construcción de una propuesta de valor auténtica. No una promesa publicitaria, sino una descripción honesta de por qué esta empresa existe y qué ofrece que vale la pena elegir.

El papel del digital en la revitalización

Una dimensión que muchas marcas familiares han gestionado de manera reactiva y que en un proceso de revitalización merece atención estratégica es la presencia digital. No porque el digital sea la solución a todos los problemas de marca, sino porque para la mayoría de los clientes nuevos, el proceso de descubrimiento y evaluación de una empresa ocurre hoy en entornos digitales antes de cualquier contacto directo.

Una web que no aparece en los resultados de búsqueda de Google es una empresa invisible para quien no la conoce ya. Una web que aparece, pero que tarda en cargar, que no funciona bien en móvil o que no responde a las preguntas que el visitante tiene, pierde la oportunidad en el momento más crítico. Un perfil de redes sociales que lleva meses sin actividad comunica algo sobre la empresa, aunque nadie lo haya decidido conscientemente.

El SEO local, especialmente relevante para los negocios familiares que atienden a un mercado geográfico concreto, es frecuentemente el área con mayor retorno en la inversión digital: aparecer en los primeros resultados cuando alguien busca un servicio específico en una ciudad o comarca concreta puede generar un flujo constante de clientes nuevos con una inversión relativamente modesta comparada con otros canales.

El largo plazo: construir un sistema, no hacer un sprint

La tentación en los procesos de revitalización de marca es concentrar toda la energía y el presupuesto en un momento de lanzamiento, hacer mucho ruido durante unas semanas y volver después a la inercia anterior. Ese modelo raramente produce resultados duraderos.

La revitalización de una marca que ha estado estancada durante años no se resuelve en un mes. Requiere un trabajo sistemático y sostenido en el tiempo que construya gradualmente la coherencia, la visibilidad y la confianza que se necesita recuperar o construir por primera vez con los clientes nuevos.

Eso implica definir qué se va a hacer de manera regular, con qué frecuencia y con qué criterio de calidad, y tener la disciplina de hacerlo aunque los resultados no sean inmediatos. La comunicación de marca funciona por acumulación: cada punto de contacto, cada pieza de contenido, cada interacción coherente con los valores declarados construye algo que el siguiente punto de contacto refuerza.

Las marcas familiares que han conseguido revitalizarse con éxito son las que entendieron bien qué tenían que preservar, identificaron con honestidad qué tenían que cambiar, y tuvieron la consistencia de aplicar ese criterio durante el tiempo suficiente para que el mercado lo percibiera.

 

 

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